Y tú, ¿qué me dices?
Muchos hemos celebrado en lo más íntimo de nuestro corazón el nacimiento del Redentor. Y tú, ¿has podido escuchar algo nuevo, vivo y gozoso, o sigues ocupado, preocupado y entretenido con compras, regalos, cenas y mensajes comerciales?.
Date prisa en ahogar tu vida en la posesión y el bienestar material. Compra el último modelo de lo que sea, compra lo mejor y lo más nuevo, tus hijos se despertarán envueltos en mil sofisticados juguetes, mientras 30.000 niños del Tercer mundo mueren de hambre cada día.
Todos deberíamos estar preocupados por este consumismo alocado- con crisis y sin crisis- que nos encierra en un individualismo egoísta.
Llegará fin de año y Reyes, y seguiremos comprando y comprando más y más. Beberemos etiquetas. Satisfacerémos fantasías artificialmente. Y poco a poco nos vamos quedando sin vida interior y mientras tanto, crece la insatisfacción.
La Navidad no es una fiesta fácil. Nuestra gran equivocación es pensar que no necesitamos de Dios. Creer que nos basta con un poco más de bienestar, un poco más de dinero, de salud, de suerte, de seguridad. Y luchamos por tenerlo todo. Todo menos Dios.
Felices los que tienen un corazón sencillo, limpio y pobre porque Dios es para ellos. Felices los que sienten necesidad de Dios porque Dios puede nacer todavía en sus vidas. Felices los que, en medio del bullicio y aturdimiento de estas fiestas, sepan acoger con corazón creyente y agradecido el regalo de un Dios Niño.
Para ellos habrá sido una feliz Navidad.
Miguel Iborra
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