Una semana que no cambió España, pero quién sabe

Quizá estos no hayan sido los siete días que han cambiado España, pero sí la han removido algo: Esquerra, cada día más distanciada de una parte del Gobierno de coalición (la que representa el PSOE) ha logrado forzar a Sánchez a volver a la inútil mesa de ‘negociación con Cataluña’, dejando a un lado, creo, a Quim Torra. A Sánchez no le han venido mal las desavenencias en el independentismo entre ERC y JuntsxCat y sus derivaciones: al menos cuatro diputados catalanes, disidentes del tándem mortífero Puigdemont-Torra, acabarán uniéndose al ‘sí’ a los Presupuestos que presentará el Gobierno central, se supone que con el apoyo del PNV, quizá de ERC (si aparca su veto a Ciudadanos), de dos o tres formaciones con un solo diputado… y con Unidas Podemos, naturalmente. ¿Naturalmente?
Tengo para mí que la aprobación por el Gobierno (sector Pedro Sánchez, Nadia Calviño, Carmen Calvo, Escrivá, etc), vía FROB, del proyecto de fusión Caixa-Bankia ha provocado un terremoto interno entre los ‘morados’, que dicen que se enteraron casi por la prensa, aunque yo dudo de que Iglesias no lo hubiese sabido algo antes. Y ahí comienza la cosa: muchos en Podemos se preguntan de qué les sirve estar en el Gobierno de Sánchez si no se enteran de nada, sus proyectos y programas no son tenidos en cuenta y lo único que consiguen es que Iglesias e Irene Montero disfruten pisando alfombras rojas y chóferes que les llevan a Galapagar, y eso sin contar plurisueldos.
Para colmo, ven que no es solo que Nadia Calviño y los ‘monárquicos socialistas’ les arrebaten las banderas de su programa de máximos y hasta de mínimos: es que la jefa de Ciudadanos, Inés Arrimadas, empieza a tener más influencia en La Moncloa que, digamos, la señora Montero (doña Irene, por supuesto), que nadie sabe qué hace en su Ministerio. Y comprenden perfectamente que, el día en el que UP abandone a Sánchez, el presidente telefoneará a Pablo Casado y que esa conversación se producirá en muy otros términos respecto a los del pasado miércoles. O sea, que Sánchez nada con varios flotadores, por si se le pincha uno.
Ocurre, pues, que Iglesias, el impulsor del Ingreso Mínimo Vital que casi nadie ha cobrado, el guardián de las residencias de ancianos donde siguen muriendo nuestros mayores por el puñetero virus, el hombre que quería derogar la reforma laboral con Bildu, el que, sin consultarlo con Economía ni con Hacienda, ha prometido dinero a los padres que tengan que quedarse en casa por la cuarentena de sus niños, sabiendo que no hay dinero para eso, ya no es para nada la solución y sí, cada día más, el problema. Y, aunque sus aventuras judiciales queden en nada, lo que me parece bastante probable, ahí están las encuestas que, con unanimidad, dicen que los ‘morados’ se pegarían el gran castañazo, y no solo en Galicia o Euskadi, si ahora hubiese otras elecciones. Porque los ciudadanos, con minúscula, se fían cada día menos de ellos, y Ciudadanos, con mayúscula, está encontrando creciente afecto en el duro corazón del sanchismo.
Puede, si nos fijamos bien, que, pese a las apariencias de que aquí nada se mueve, sea mucho lo que está empezando a mudar, confío en que para mejor, en este país asediado por la pandemia, por las angustias económicas y por las torpezas de quienes representan a la ciudadanía. Porque alguien parece estarse dando cuenta de que así esto no puede seguir mucho tiempo más. Lo veremos.
-Fernando Jáuregui-

