Ponderación ante las críticas compulsivas
Después de treinta y tres años en la vida municipal, pensaba que estos tiempos traerían otras formas de hacer la gobernanza política y la gestión pública en el ámbito de la oposición y dentro del marco normativo correspondiente en cada momento. Pues no, todo está basado en la crítica irascible y se puede ser, aún más, con alguna soez para embarrar el hecho causante.
Pero cuando leo según mi comprensión lingüística y sentimientos contrariados en los medios de comunicación y redes sociales, determinadas actuaciones del ámbito de la “oposición” política hacia los órganos gestores y de gobernanza, hacia las autoridades municipales o provinciales, investidos por la ley con las atribuciones del cargo, pienso que están impregnadas de una acritud personal, no habiendo evolucionado mucho al respecto, al contrario, se ha producido una involución cansina de lo que significó las primeros mandatos democráticos, en los que, incluso, la Comisión Municipal de Gobierno estaba integrada por representantes de todos los grupos municipales, y todos decían entre maceros : si, no, una línea, una meta.
Aceptaría las críticas, sí con ellas también, simultáneamente, se elogiasen los aciertos, pero el solo hecho de estar siempre cuestionando la labor municipal, en ocasiones, desde una perspectiva sesgada, parcial y frívola, cómo que no da mucha credibilidad la misma a la hora de que tomen razón por parte de la ciudadanía, cuyo único objetivo es contaminarlos con entelequias compulsivas. También, porque en muchas ocasiones, las más, una deficiencia la magnifican mayestáticamente y de cinco “colillas” desangrándose en la vía pública vapuleadas por el aire desértico, parece que en la calle habría centenares de pitillos con sus respectivas cerillas de palillos.
En la vida municipal siempre habrá cosas que hacer y otras que no hacer o dejar de hacer, para buscar la armonía y el equilibrio entre todas las zonas y núcleos, pero no puede ser que siempre sean los elementos dañinos para la salud democrática, los que se esparzan como amenazas y debilidades, en vez de las fortalezas y oportunidades. Una tarde salimos y nos da por ir a la Calle Relampaguito y sí vemos que hay dos farolas apagadas, ya estamos con el “hacha de guerra”, que el barrio se encuentra “abandonado” de la mano de Dios.
Cómo se puede decir que la ciudad está sucia, que da la sensación que hay que volver a declarar el “estado de alarma” o cómo se puede decir que tal playa merece una bandera negra, como en el argot taurino, cuando a los toros mansos tras salir de chiqueros y no acudir al caballo se les condena a banderillas negras. ¿Esa es la forma de aunar esfuerzos en el bien común de atraer a turistas nacionales y extranjeros y que visiten nuestras ciudades con suficiente confianza?
Cuántas veces se dice, mediante anuncios, edictos y bandos en las redes sociales y medios de comunicación social de cuidar nuestro entorno, evitando echar la basura en horas extemporáneas o evitar tirar al suelo o la vía pública residuos de todo tipo en vez de depositarlos en las papeleras, o, incluso, el limpiar las cacas y los pipis de los perros una vez que realicen sus necesidades biológicas, etcétera.
Nuestro entorno estará limpio con salubridad máxima e higiene cuando todos cuantos convivimos en la zona o pasamos de forma transeúnte por ella cooperamos y colaboramos en no manchas, contaminar nuestras calles y plazas, y depositar los residuos y basuras de diferente índole en los contenedores, aunque en algunos casos, tengamos que andar escasos metros, ya que no pueden darse todos los servicios públicos puerta a puerta, cuyo coste sería más elevado y saldría al final del erario público.
Almería está limpia, mucho más limpia que otras ciudades, hay vías públicas que están súper limpias, porque incluso, cuando algún vecino ve algún desperdicio posibilita su desaparición echándolo a la papelera. Ojalá otras ciudades tuviesen el esmero que se tiene en Almería en el seguimiento de la implementación de la concesión de los servicios públicos para que se lleven a puro y debido efecto.
Lo que no es de sentido común, que no nos impregnemos entre todos de una deontología que nos haga reflexionar y meditar que nuestras calles, plazas y rincones estarán limpios cuando quienes la utilizan lo hacen con prestancia y saber estar, sabiendo que cualquier mínima actitud en este sentido redundará satisfactoriamente en el conjunto de la sociedad civil y dejemos de mancillar con bajezas la gestión pública a la que coadyuvan con igual intensidad y extensión los empleados públicos incardinados en los servicios municipales correspondientes. Por encima de todo, los intereses generales y sociales, un poco de ponderación y paciencia en poder resolver, no compulsivamente, paso a paso todas las demandas e inquietudes por el orden de prioridad técnico…
-Rafael Leopoldo Aguilera Martínez-
