Pedro y el lobo

Las sucesivas prórrogas del estado de Alarma pausaban el debate político en el Parlamento y las críticas a la gestión se diluían. Llegado el verano, de manera irresponsable, el presidente del Gobierno declaró que se había doblado la curva de contagios e invitó al personal a irse tranquilamente de vacaciones tal como él mismo hizo. No sin antes endosar a las comunidades autónomas el combate en primera línea contra la pandemia. Era un forma descarada de quitarse del medio y trasladar a terceros la responsabilidad de conducir al país en las horas más negras. Sánchez se fue de vacaciones pero el virus siguió haciendo estragos. Terminó el verano y llegó el otoño y también un repunte brutal de los contagios.
Ahora, ya en invierno, llama a la puerta la tercera ola y por eso el Gobierno y sus portavoces han cambiado de registro y convocan a la prudencia, apelando al sentido de la responsabilidad de los mismos ciudadanos a los que hasta hace poco les habían dicho que la cosa estaba controlada pero dejando en manos de los gobernantes regionales la imposición de restricciones a la libre circulación. Que se quemen otros. Que la impopularidad que acarrean las medidas para limitar la expansión de los contagios no afecten al inquilino de La Moncloa quien a estas alturas, con cerca de setenta mil muertos -no reconocidos oficialmente- sigue alardeando, como lo hizo en el Congreso en la sesión de control, de haber gestionado bien la pandemia.
Ahora, ante la crecida de los contagios, Sánchez pide prudencia y que no se baje la guardia. Ha faltado a la verdad tantas veces que le está pasando lo que a Pedro en el cuento del lobo. Ya nadie le cree.
-Fermín Bocos-








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