La metáfora bélica.

El uso de este lenguaje belicista ha suscitado polémica, bien por su abuso o, sencillamente, por su uso. Muchos consideran que la metáfora no es adecuada por exagerada, que la comparación ofende porque nada se puede comparar con los efectos de una guerra real. Y es verdad, pero es lo que tienen las metáforas. En realidad, con esa premisa purista, nunca podríamos usar una metáfora. Porque ningún diente por perfecto que sea puede compararse con la belleza de una perla; porque la mar no es el morir; porque ninguna persona brillante puede identificarse con la brillantez del sol; ni ninguna sensación podría igualarse a la vivencia real de la muerte. Dejaríamos de morirnos de hambre, de ganas, de aburrimiento o de amor, por ejemplo, y las obras literarias entrarían en fase de anemia al verse privadas de una de las herramientas más eficaces y bellas de nuestra lengua, un hallazgo que supuso un salto evolutivo sustancial en nuestra manera de hablar y de pensar.
Pero, además, habría que negar la mayor. Es verdad que la comparación de las vicisitudes de la vida con la guerra nació como metáfora. Pero su extensión ha sido tal que aquellas metáforas se lexicalizaron y acabaron adquiriendo un sentido propio. Por eso hoy el diccionario recoge la palabra guerra, en su tercera acepción, para nombrar cualquier pugna o rivalidad, aunque sea incruenta, y en la cuarta, se define la guerra como lucha o combate, aunque sea en sentido moral. Por eso, a veces, los niños nos dan guerra. Y por eso, junto a las guerras reales, día sí y día no hablamos de guerra de cifras, de precios, de audiencias, o de guerras comerciales, guerras de nervios, guerras sicológicas, guerras sordas o frías, sin que ninguna asociación de excombatientes se sienta ofendida por su uso.
Dicho lo cual, tampoco conviene abusar.
-Isaías Lafuente-







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