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INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Si saliéramos a la calle y realizásemos una encuesta a la primeras personas que encontrásemos y les pidiéramos que nombrasen un pecado, lo más probable es que la mayoría de esas personas dijesen: el pecado original. Esta respuesta no deja de ser curiosa, puesto que el pecado que menos abunda en nuestra sociedad es el pecado original. Es cierto que con ese pecado venimos todos los seres humanos a la existencia pero, también es cierto, que la mayoría de los miembros de nuestra sociedad están bautizados y, por tanto, ya ha sido borrado de ellos ese pecado.

Cuando hablamos de la Inmaculada Concepción de la Virgen María estamos haciendo referencia a que Dios quiso preservar de la «herencia» del pecado de Adán y Eva a aquella que sería la Madre de su Hijo. La Virgen María, a diferencia de todos nosotros, no tuvo pecado original.

Siempre que hablamos de la Virgen María incidimos en que ella es imagen y modelo para toda la Iglesia, para todos nosotros. En este caso, podría parecer que dado que el hecho de que María no tuviese pecado original es un privilegio que Dios le concedió directamente a ella en el momento mismo en que fue engendrada en el seno de su madre, nada tiene de modélico para nosotros, puesto que nada hizo María para merecer tal gracia. Pero no hemos de olvidar que durante toda su vida la Virgen María colaboró de tal manera con aquel don recibido, que se mantuvo inmaculada a lo largo de toda su existencia.

Cada uno de nosotros también hemos recibido la gracia de haber sido reconstruidos en nuestra naturaleza por medio del bautismo. Pero a diferencia de la Virgen María no nos mantenemos en ese estado de amistad con Dios. Nos dejamos seducir por la tentación y caemos en el pecado. Lo que la Virgen María nos enseña es que el ser humano no está «condenado» a pecar. Que el pecado no es una realidad inevitable en nuestra vida. Hay que romper la vinculación pecado-condición humana.

La grandeza de la Virgen María no descansa en haber recibido un gran don de Dios, sino en haber respondido, a lo largo de toda su vida, a ese don recibido. María comprendió que ser libre no significa tener que pecar, sino que la verdadera libertad se adquiere cuando toda la existencia humana se sustenta en cumplir la voluntad de Dios, por incompresible que a veces aparezca. Poner nuestra libertad a disposición de Dios cumpliendo su voluntad es la manera más cierta de ser verdaderamente libres.

Victoriano Montoya Villegas

Escrito por en 6 Dic 2019. Archivado bajo La Ventana de la Fe, Opinión.
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