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El autócrata

Permítaseme recordar que la definición oficial de una autocracia se basa en «un sistema de poderío y supremacía de un solo individuo frente al grupo al que él gobierna; en este sistema, el individuo en cuestión -el autócrata- tiene la potestad absoluta de regular leyes y reglamentos a conveniencia, y sus seguidores atienden a sus órdenes con ciego fanatismo». Las catástrofes, las guerras (y, claro, las pandemias) tienden a facilitar un clima de autocracia, al desaparecer o debilitarse controles como los poderes legislativo y judicial, y al caer los medios de comunicación críticos, el cuarto poder, en una cierta atonía derivada de sus estrecheces económicas y de su falta de posibilidades, facilidades y recursos para atender a todos los frentes noticiosos.

Tras la pandemia sanitaria vendrá la pandemia económica, que supondrá angustias ciertas para un gran sector de la población. Y temo que se acompañará de una cierta ‘pandemia democrática’, que intentará restringir, dirán que por nuestro bien, de manera prolongada las libertades que hoy nos aseguran que son necesaria y coyunturalmente coartadas para atajar el mal. El autócrata se erige como el salvador: gracias a él, a su gestión -que procura que quede claro que es unipersonal: él y su círculo de confianza–, se salvará el colectivo ciudadano de la hecatombe. El autócrata se consume, y hasta muestra ojeras visibles, por el bien del grupo, de su pueblo: todo para el pueblo, pero sin el pueblo.

Y, así, nos encontramos al húngaro Orban reclamando plenos poderes ya que no hay Parlamento. El ruso Putin se instala en una ‘tecnología autoritaria’ -no es el único: nuestro móvil es nuestro principal vigilante– para controlar a quienes considera indudablemente sus súbditos, mientras intenta garantizarse ‘legalmente’ su pervivencia en el poder durante muchos años. Las encuestas dicen que, ahora, la popularidad de Trump -autócrata en una democracia, por más contradictorio que parezca- aumenta en detrimento de la de su principal rival demócrata, Biden.

Increíble, pero ya digo: suele ser el propio ciudadano-elector quien, ante la catástrofe, selecciona a su propio autócrata. Todo ello, mientras otros gobiernos ensayan sus particulares vías de comunicación, o de incomunicación, con su propia ciudadanía: el griego Mitsotakis propone, para establecer canales de simpatía con sus gentes, que el Gobierno se rebaje a la mitad sus sueldos.

No sé en qué grado de autocracia o de simpatía situar el caso español, la verdad. A nadie por estos pagos osaré llamar autócrata, desde luego. Pero lo cierto es que nunca, jamás, un gobernante ha tenido tales dosis de poder en nuestro país desde el fin del franquismo. Cuando el propio Luis de Guindos, que hoy es nuestro economista más universal, nos habla de la llegada de una «recesión profundísima» que está ahí, a la vuelta de la esquina, o especialistas como Daniel Lacalle, próximo al Partido Popular, se atreven a pronosticar un paro del 35 por ciento, se entienden mal los decretos súbitos que cambian de golpe el rumbo de la economía. Así, sin apenas hablarlo con nadie, causando un auténtico ‘shock’ en círculos empresariales y laborales.

¿Pueden, deben, hacerse las cosas de este modo, alegando una situación de alarma, sin consultar, ya sea en el ámbito sanitario, restringiendo la acción de las autonomías, o en el económico?

Menos aún se entienden los silencios ante la oposición, la ausencia de control parlamentario y periodístico. El monólogo televisivo. El aprovechar la situación de angustia colectiva para ‘colar’ por la puerta de atrás determinadas disposiciones que nada tienen que ver con la pandemia, como consolidar al vicepresidente Pablo Iglesias en la comisión de control de los servicios secretos. No hablemos, en fin, de autocracia, si usted y yo no queremos llegar tan lejos; no nos dejemos llevar, a la hora de los gritos y lamentos, por la angustia de tantas muertes que cada día enlutan nuestro corazón y radicalizan nuestras opiniones.

Pero sí tengo que hablar de límites cada día más rigurosos que van cercando, enflaqueciendo, a nuestras democracias. Y eso sí que nos va a costar remontarlo más aún que a los ‘picos’ de este coronavirus maldito.

-Fernando Jáuregui-

Escrito por en 1 Abr 2020. Archivado bajo Entre el cielo y el infierno.
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