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De mocos y escupitajos

Lamento mucho el título que me he visto forzado a sugerir para este comentario: la palabra ‘escupitajo’ me produce incluso un cierto rechazo estético, como me lo produjo la sesión de control parlamentario del pasado miércoles. Es inevitable, en mi opinión, aludir a dos episodios algo esperpénticos para ponerlos en contraste con los verdaderos problemas que aquejan al país, que no son moco de pavo, porque lo que sí estmos haciendo es escupir al cielo. El producto caerá, inevitable, sobre nuestras cabezas.

Nada me escandaliza el comportamiento mal educado de alguien tan escasamente preparado para la alta política como Gabriel Rufián –de todo tiene que haber en el hemiciclo, si quiere representar de verdad al conjunto de los españoles–. Ni creo siquiera que de veras un diputado de Esquerra, que alcanzó el miércoles su cuarto de hora de protagonismo, escupiese al ministro de Exteriores: un error de percepción. Que lo único que muestra es el grado de crispación que ha alcanzado la política española, que lleva tres años en profunda crisis. Una crispación que lleva incluso a imputar a un cómico de la legua –a mí no me hace demasiada gracia, la verdad– por haberse sonado los mocos con la bandera; respeto, claro, a mi bandera, pero no metería en la cárcel a quien la veja. La libertad de expresión, cada día más limitada en este país tenso, y todas esas cosas, ya sabe usted, que amparan al caricato.

Todo eso ocurría, en una sede parlamentaria cuasi circense, cuando el poder judicial había sufrido el mayor ataque desde el Ejecutivo en décadas. Ay, si Montesquieu levantara la cabeza. Pero, claro, como en ese golpe a uno de los poderes definidos por el barón de Secondat estaban implicados todos menos Ciudadanos, la sesión de control pasó como de puntillas por aquel vergonzoso acuerdo, frustrado por el plante digno del juez Manuel Marchena, que se negó a ocupar el quinto puesto en el protocolo del Estado en base a un enjuague antidemocrático llevado a cabo por los partidos.

Y el no-escupitajo –puaf con la palabreja– al titular de Asuntos Exteriores del Reino de España se producía precisamente cuando nuestro país estaba a punto de paralizar una ‘cumbre’ europea nada menos que para ratificar un acuerdo de la UE con el Reino Unido sobre el Brexit. Gibraltar, que sólo sale a relucir cuando hay problemas de otra índole o cuando se acercan unas elecciones, tiene la culpa de esa gloriosa arrancada de la diplomacia española, que nos ha colocado de nuevo, no sé si unánimemente para bien, en los titulares de la prensa europea. ¿Tiene algo que ver lo de Gibraltar con las elecciones en Andalucía de la semana próxima?, se preguntaban algunos de esos titulares, recordando que Gibraltar, al fin y al cabo, está en territorio andaluz.

Al día siguiente, Borrell y su jefe, Pedro Sánchez, volaban a Cuba, isla situada bien lejos de Bruselas, donde este domingo se jugará la partida del Brexit y se verá si el plante del ‘Gibraltar español’ tiene o no efectos. Ya digo: ¿qué pintaban el presidente del Gobierno y el jefe de la diplomacia dando gritos en La Habana cuando ponían los huevos –y qué huevos– en Bruselas? La solución, quizá hoy mismo. O mañana, si Dios quiere.

Y mientras, pues eso: que si escupen o se suenan gentes que poco tienen que ver con las fatigas del Estado. Que si elecciones generales en marzo o en ‘superdomingo’, o en el 2020: todo tipo de declaraciones hemos escuchado, desde el ‘aliado’ Pablo Iglesias, que cree que marzo, hasta la portavoz gubernamental, Isabel Celaá, que sigue sugiriendo que podremos llegar hasta 2020. Y no, así no llegaremos hasta esa primavera con la que sueña el inquilino de La Moncloa, cada vez más solo en esta pretensión. Y es que todo se va contaminando de secreciones varias, que son las que apasionan al personal que mira al dedo que señala a la luna, no a la luna. Lo dicho: el gargajo que se lanza al cielo siempre cae en el ojo del insensato lanzador.

-Fernando Jáuregui-

Escrito por en 25 Nov 2018. Archivado bajo Entre el cielo y el infierno.
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