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Construyendo una nación

“Si antes de cada acción pudiéramos prever todas las consecuencias, nos pusiéramos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después las probables, mas tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiese hecho detenernos” (José Saramago). Saramago nos invita a contar hasta tres antes de abrir la boca. A menudo no lo hacemos cuando los pensamientos enfurecidos enturbien el corazón y la mente y la lengua vomita palabras de las que después cuando el ánimo se serene nos gustaría no haberlas dicho nunca. Las palabras son como las plumas lanzadas al aire en un día ventoso, se pueden recoger algunas, pero no todas. Esta imposibilidad las convierte en boomerangs que se revuelven contra quienes las hayan lanzado. Un consejo muy sensato que deberíamos apropiarnos para nuestro bien: “El que comienza la discordia es como quien suelta las aguas, deja, pues, la contienda antes que se enrede (Proverbios 17:14). Pero no, preferimos hacer prevalecer nuestra sin razón con lo que la disputa se eleva de tono, llegando incluso a la violencia física. Una palabra dicha precipitadamente puede causar una herida que no cure jamás. ¡Cuántas relaciones no se han roto por una palabra malsonante!

Peridis, en una viñeta suya aparece Pedro Sánchez que conduciendo el coche del PSOE se enfrenta a Santiago Abascal, Pedro Casado y Albert Ribera montados sobre el dragón del 155. Los representantes de la sagrada e indisoluble unidad de España, en la que no cabe nadie más que los que piensan lo mismo que ellos. Se dirigen a Pedro Sánchez, el representante del diálogo pero que a hurtadillas se monta sobre el dragón del 155: “La campaña será larga y se me agotan los epítetos”, le dice uno. El otro jinete le espeta: “Ateo, comunista y felón”. Vocifera el siguiente para no ser menos que sus compañeros que cabalgan sobre el dragón del 155: “Culpabilízalo del contubernio, separatista judeo-masónico”. Con la finalidad de conseguir votos todo vale. Los tres envalentonados cruzados pretenden impedir que España se vea infectada con las ideas de los separatistas infieles. ¡Qué pobreza de espíritu manifiestan quienes se autoproclaman salvadores de la Patria amenazada!

Los cuatro aspirantes a sentarse en el sillón presidencial en La Moncloa deben cuidar muy bien lo que dicen: “Los dichos de su boca son más blandos que mantequilla, suaviza sus palabras más que el aceite, mas ellas son espadas desnudas” (Salmo 55: 21). “Martillo y cuchillo y saeta aguda es el hombre que habla falso testimonio contra su prójimo” (Proverbios 25: 18). “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada” (Proverbios 12: 18). Refiriéndose a los impíos el apóstol Pablo escribe: “Sepulcro abierto es su garganta, con su lengua engañan, veneno de áspides hay debajo de sus labios” (Romanos 3: 13). Estas palabras del apóstol, ¿no reflejan la personalidad de quienes pretenden convertir a los españoles a su imagen y semejanza? Estos constitucionalistas amantes de la uniformidad externa y del pensamiento único interno, religiosos en apariencia, pero negadores de la verdad divina, ignoran que no existen dos gotas de agua iguales, que en la creación no existe nada clonado. Puede aplicarse perfectamente en política lo que el Señor Jesucristo atribuye a la iglesia: “Además el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si dijese el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? Y si dijese la oreja: Porque n soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato? Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo como él quiso. Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo. Ni el oído puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros. Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios, y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a estos los vestimos más dignamente, y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad, pero Dios ordenó el cuerpo, dando abundante honor al que le faltaba, para que no haya desavenencias en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro se le honra todos los miembros con él se gozan” (1 Corintios 12:14-26).

La diversidad crea la belleza perfecta. En una sociedad manchada por el pecado no es fácil aceptar la diversidad. Si lo que se pretende es trabajar para la uniformidad como lo hacen los tres mosqueteros, que en realidad son cuatro, aun cuando uno de ellos manifieste apostar por el dialogo, en el fondo forma parte del cuarteto que aposta por el pensamiento único. Construyendo España de esta manera el edificio se hundirá porque las piedras que se le vayan añadiendo no estarán bien cohesionadas y la ventisca más suave lo derrumbará como si se tratase de un castillo de naipes.

-Octavi Pereña-

Escrito por en 12 Mar 2019. Archivado bajo Opinión.
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