Ciclo de Artículos ‘Desde Mi Ventana’, de Amigos de la Alcazaba

Desde aquel episodio del año 1569, Inox se convirtió en un lugar mítico, con cierta fama, tanto entre los lugareños de la sierra de Níjar como entre algunas elites de la ciudad de Almería. Cundieron los ecos de que los moriscos asediados escondieron sus tesoros, y que todavía yacen enterrados algunos de ellos a la espera de la llegada del aventurero que sepa dar con su paradero. El mito ha permanecido en el tiempo, tanto como que hace unos cuantos años, ya entrado el siglo XXI, un pastor de la zona –tal vez el último- nos narraba una leyenda, que ha pasado de generación en generación, según la cual en aquellos parajes permanecían aún ocultos tesoros bien guardados por los moriscos. Si tal dimensión adquiría el recuerdo popular, entre las “elites cultas” de la ciudad del pasado siglo, retomando la creencia popular, se lanzaron a la búsqueda de los fabulosos tesoros moriscos. Cuentan, que ciertos galenos de la capital acamparon durante una temporada en el cerro de la Matanza y, pico y pala en ristre, consiguieron sacar de sus entrañas algunos objetos de los moriscos. Nada se sabe del “botín” obtenido, ni del que pudieron conseguir otras “campañas” procedentes de otros lares, pues tan solo cabe conformarnos con poder observar alguna que otra pieza aislada, como el almirez que se exhibe hoy en el Museo Arqueológico de Lorca. Esos mitos de los tesoros escondidos por los árabes –en este caso moriscos- han proliferado por doquier en la geografía nacional pero, en este caso, más allá de las leyendas, se suele ignorar que aquellos moriscos y moriscas que se refugiaron en Inox y en el cerro de la Matanza eran gentes pobres, muy pobres, y que el primer saqueo de aquel espacio tuvo lugar de manera inmediata por los propios vencederos de la guerra, las tropas cristiano-viejas de Felipe II. Y se ignora también que lo que se denominó como “negocio de Inox” no fue la almoneda de los bienes de los vencidos, sino la esclavización y subsiguiente venta de los moriscos y moriscas apresados, convertidos de inmediato en objetos “habidos en buena guerra”.
Hoy día Inox es un inmenso yacimiento arqueológico, que bien merecería su protección, y un despoblado desde 1569, tras la expulsión de los moriscos, aunque es posible que tuviera durante el siglo XVIII alguna ocupación parcial como consecuencia de los proyectos repobladores que fluyeron por varios puntos de la geografía provincial al hilo de los vientos ilustrados. El visitante que accede a Inox puede contemplar hoy los restos de la antigua mezquita-iglesia, los viejos aterrazamientos del sistema de cultivos, así como un espectacular promontorio que conserva visibles restos de haber sido fortificado. Desde hace años, con perseverancia y denuedo, un soñador, Justo Pageo, busca convencer a políticos y administraciones para que un lugar con todas esas características sea preservado y reconocido como lo que es, un bien patrimonial, sobre el cual ha caído la dura losa del olvido. Pero, añadamos, que Inox también debería ser un lugar de memoria, de una historia de vencidos que, por cierto, eran “almerienses” y “cristianos nuevos”, dos características que, tal vez con esas connotaciones localistas y religiosas, claramente intencionales por nuestra parte, animen a su excavación, conservación y puesta en valor para disfrute de cualquier amante del patrimonio y de la historia. Y, de paso, deje de ser un lugar de desmemoria.
Fotos: 1. Peñón de la Reina. Foto de Pako Manzano 2. Detalle de los baluartes. Foto de Justo Pageo.
‘Inox (Níjar), un lugar de la desmemoria’.
Francisco Andújar Castillo,
catedrático de Historia de la UAL


