Casado no es Fraga; por suerte para él

Lo digo ahora por la negativa del Partido Popular a suscribir, de manera inmediata al menos, una suerte de nuevos pactos de La Moncloa, semejantes pero también diferentes a los que impulsó Adolfo Suárez en 1977 con todas las fuerzas políticas y sindicales. No quisiera creer que la negativa emanada del PP a una repetición -con variaciones, claro: las autonomías no pueden quedar excluídas ahora- de aquellos acuerdos económicos y políticos se base, sobre todo, en que ha sido el Gobierno de coalición PSOE-UP quien primero lo haya sugerido, cuando, en realidad, debería haber sido el propio Pablo Casado quien tomase la delantera.
Al PP le convienen unos pactos para dejar en claro que, con su ayuda -esto lo ha de poner en valor, desde luego, con muchas condiciones-, se inició la recuperación de la economía. Y que los españoles vean que interesa más la marcha del país que cuestiones partidistas. Ya cometió el error de no tratar de aliarse con Sánchez, o al menos así proclamarlo le gustase o no al actual presidente del Ejecutivo, de cara a la investidura de este, para evitar que los socialistas pactasen con Podemos. Creo que ese fue su primer yerro. Considerar un «señuelo» el ir hacia unos pactos de La Moncloa porque dice que propiciarían un «cambio de régimen» me parece otro. Precisamente de evitar un cambio de régimen -no sé si se refiere a la Monarquía, que tanta estabilidad precisa ahora, o a otras cosas- se trata.
Y ahí, todo protagonismo del PP será imprescindible. Ahora, la verdad, la posición de Pablo Casado es irrelevante, porque esos pactos de La Moncloa, segunda edición, bien podrían hacerse sin el PP (y sí con Ciudadanos, atención). Como se hicieron sin la Alianza Popular de Fraga, que suscribió la parte económica de aquellos acuerdos de La Moncloa, pero no la política. Y no se olviden las reticencias del viejo ‘león de Perbes’ a la hora de suscribir una Constitución que le parecía, se dijo, muy ‘roja’. No, no puede Casado quedarse apeado de estos nuevos tiempos que, sin duda, no sé si llamarlo cambio de régimen, de sistema o qué, no van a ser para nada iguales a lo que hemos conocido antes de la catástrofe, como decía la ministra Margarita Robles en una entrevista publicada hace pocas horas.
Unos nuevos tiempos que, personalmente, para nada quisiera que estuvieran gerenciados por el vicepresidente segundo del Gobierno y su camarilla próxima. De nuevo, en las manos de Pablo Casado está el evitarlo. Pero, si Casado quiere un ejemplo políticamente más cercano que el de la ministra de Defensa, traeré aquí la siempre inteligente opinión del eurodiputado ‘popular’ Esteban González Pons, que en un interesante artículo nos hace ver que, con coronavirus o sin él, todo estaba ya dispuesto para un cambio paradigmático e inevitable.
Y un dirigente sin duda tan carismático como Casado no puede dar pasos atrás alegando que esto de los pactos de la Moncloa es una añagaza ‘de los sociatas’ para dar oxígeno a un Sánchez que no está tan muerto como creen en la sede de Génova: el país quiere -pregunte a los encuestadores- un Gobierno de amplio espectro, en el que sin duda Casado esté también presente, pero que lo presida un Pedro Sánchez que, nos guste o no, fue quien ganó las elecciones. Aguardar a que todo se deteriore (más), la economía, la sociedad, la información, la democracia, la justicia amenazada de un colapso cierto, ante de prestar sus brazos para una colaboración, podría ser una equivocación supina de Pablo Casado por la que los electores le pasarían factura.
Manuel Fraga fue un gran político, con sus claros y sus oscuros. Lo fue casi todo en la política española, excepto una cosa, la que había sido su gran ambición y su gran frustración: presidente del Gobierno. Al final, se quedó en una figura gruñona, que había prestado indudables servicios a la nación, preso de sus ‘noes’ a la Constitución, a la entrada en la OTAN y a una parte de los pactos de La Moncloa.
-Fernando Jáuregui-
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