My señorito is rich
Culebrea el eco de un reportaje publicado en el New York Times en el que se elogian con rendido entusiasmo la belleza y claridad de las playas almerienses del Cabo de Gata. Por lo que uno lee, parece que todo el mundo se alegra un montón de que tan prestigiosa publicación difunda la realidad litoral almeriense. Qué duda cabe de que siempre es mejor que la prensa hable bien de ti antes de que te ponga a parir, pero dispensen que me aparte de la corriente de satisfacción generalizada y que diga dos cosas que quizás suenen un poco inconvenientes. La primera es que no puedo evitar ver un cierto tono de santidad inocente en las alegrías que a veces provocan los espaldarazos de los señoritos de la capital. Americanos, os recibimos con alegría, etcétera. Y lo segundo es que habría que evaluar hasta qué punto es interesante que una serie de informaciones de este calibre acaben llenándonos Mónsul de norteamericanos azanahoriados y absortos por el paisaje. Sí, ya sé lo del turismo como factor económico y todo eso, pero si la gracia de un entorno playero está en eso que los propios americanos llaman “secluded beachs” o playas encantadoras de difícil acceso, a ver si llenándolas de turistas no estamos contribuyendo, paradójicamente, a la pérdida de ese encanto. Ya sé que es un debate en el que llevo las de perder, pero qué le vamos a hacer. Y finalmente, no necesito que un americano me diga que Aguamarga es preciosa o que el jamón está bueno. Eso lo sabemos en Almería mucho antes de que el NYT sacara su primer ejemplar en 1851. A mí no me darán el Pulitzer por esta columna, pero al autor del reportaje tampoco; llega tarde a la noticia.









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