Chopín-chopán
La Policía Local detuvo recientemente a dos mujeres en el barrio de Pescadería al resistirse éstas con violencia a los requerimientos de los agentes para que bajasen el volumen de la música que, a altas horas de la madrugada, salía de las ventanas de su casa, en donde habían colocado unos altavoces. Los agentes cumplieron con su deber al reducir a las ruidosas aunque, si me permiten, creo que antes que por su comportamiento agresivo durante la actuación policial, las juerguistas merecían calabozo por molestas y atronadoras. Vivimos en un país en donde el respeto al vecino o al cohabitante no sólo es que brille por su ausencia, sino hay quienes piensan que la consideración hacia los demás es un gesto pusilánime que demuestra cierta debilidad. El caso es que vivimos inmersos en el ruido ajeno y hemos de padecer el insufrible tostón que numerosos descerebrados propinan decibelio en ristre cuando se vocean de lado a lado de la calle como si fueran pastores tratando de reunir el rebaño, o circulan con los equipos de su coche a toda potencia con independencia del día, la hora o la zona por la que discurra su camino o ya, en el colmo del despropósito, colocan –como hicieron estas tunantas- unos altavoces en la ventana para romper la tranquilidad de la madrugada y alterar el descanso del vecindario con su jarana, su desmedido ágape o vaya usted a saber qué loco propósito se escondía tras semejante ocurrencia. Ya sólo nos resta saber con qué melodías obsequiaban estas gamberras a sus sufridos vecinos. Me temo que no serían precisamente los nocturnos de Chopin, sino más bien algo en plan “chopín-chopán, cada día te quiero más”.








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