¡Os jolidéis!
Una de las circunstancias periodísticas que más llama la atención (o poderosamente, tal como suele decirse ahora) y no se acaba de entender es la incongruencia editorial (que no empresarial) de dedicar muchísima atención y afecto al llamado movimiento de los campistas indignados, al mismo tiempo que no se restringen las informaciones o reportajes que invitan al consumo de artículos o productos de lujo exclusivo y al alcance de una bien remunerada minoría. Evidentemente la prensa es, antes que otra cosa, una empresa necesitada de una razonable cuenta de resultados antes que de una razonable propensión a la filantropía. Por lo tanto, son pocos los escrúpulos que se levantan ante una orden de inserción publicitaria o una estrategia comercial beneficiosa. Pero llama la atención ver que, a la vez que se editorializa hasta extremos líricos sobre los valores y propósitos del colectivo enojado y sus críticas a los privilegios y despilfarros de una casta nebulosa a mitad de camino entre el escaño y el banco, se informa sobre lugares recónditos para pasar unas vacaciones a todo trapo (de marca). Del chambaíllo reivindicativo y mugroso se pasa rápidamente al resort con palafitos lacustres en lejanísimos atolones, en un salto de calidad difícilmente asumible para la mayoría de lectores, que no están ni para soñar con un mundo mejor tirados en una plaza, ni tampoco para pagarse quince días de “joli-joli-déis” a base de champagne rosado, molusco fresco y masaje balinés. ¿No hay nadie entre los molestos que se indigne ante estas apelaciones al desequilibrio? Si no hay pan para tanto chorizo, tampoco debería haber limón para tanta ostra.








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