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¡Que viene!, ¡que viene!…, ¡que viene la derecha!, ¡que viene el PP!

A la desesperada, como corresponde a quienes tratan de salvar a un mismo tiempo el empleo y la ideología, el PSOE centra el final de la campaña electoral en curso con uno de sus gritos más tradicionales: «¡Que viene la derecha!». Es algo tan repetido, desde Pablo Iglesias a nuestros días, y tan vacío de contenido que más parece un conjuro que un eslogan. Además, si tratamos de poner las cosas en su sitio, a lo que asistimos es al suicidio del PSOE. El ascenso de las expectativas del PP se debe, más que a sus méritos —notorios en varias de las circunscripciones en juego—, al fracaso socialista. La posible victoria de Xavier Trias, CiU, en la Alcaldía de Barcelona obedece a la misma razón. Es un efecto colateral del ridículo protagonizado, en compañía de otros, por el socialismo catalán, la franquicia que trabaja para que Carme Chacón recoja y organice, en lo posible, los restos del naufragio del puño y de la rosa.

«¡Que viene el PP!». ¿Cabe un grito menos democrático en una campaña electoral? La descalificación del adversario por su ideología —si es que aquí cabe hablar de ideologías—, y más si se genera con engañosos supuestos y ejemplos torticeros, descalifica el sentido democrático de quien lo intenta. Darle al PP, que reparte sus estancias entre el centro y la inopia, la pátina de un partido de extrema derecha es falaz. Es un intento de introducir el miedo en el sentimiento colectivo para que guarde la viña socialista. Una viña maltratada por quienes tienen la obligación de cuidarla y reciben por ello un estipendio. Como dice Tomás Gómez, aspirante a sucesor de Esperanza Aguirre, «no todos los políticos somos iguales». Es verdad. Gómez rezuma ansias totalitarias que le llevan a anunciar como obligatorio para los integrantes de su hipotético equipo de Gobierno el que sus hijos acudan a la escuela pública. Nunca el socialismo español se ha caracterizado por tener la libertad individual en la primera línea de sus objetivos; pero, tampoco, nunca se habían caracterizado tanto en la negación de su práctica.

Afortunadamente, el aire político nacional empieza a resultar más respirable. Quienes reclaman una democracia real, gentes diversas, aportan oxigeno a la convivencia y están por desperezarse, y lo harán antes del domingo, los parados que, en tropel, le deben buena parte de su situación a la imprevisión de Zapatero y a la incapacidad de sus Gobiernos. El grito pretendidamente ofensivo —¡que viene el PP!— se ha convertido, y más por demérito socialista que por el estímulo de la gaviota, en un grito de esperanza. ¡Que se vayan el zapaterismo, sus rencores y su inoperancia!

P.D.T.: “AMEN”.

Juan Luis Hinestrosa,   direccion@telealmerianoticias.es

Escrito por en 19 May 2011. Archivado bajo Entre el cielo y el infierno.
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